| Se reedita el faciógrafo
En 1926 el joven Pablo Neruda vivía en la pobreza. A duras penas conseguía dinero para pagar el arriendo de una modesta pieza compartida y para comer una vez al día. Su amigo Álvaro Hinojosa le propuso entonces la solución: el negocio de los faciógrafos. Eran éstas unas tarjetas con retratos cuyos perfiles se completaban con una cadena fina, que al moverse generaba distintos rostros. Hinojosa las había visto en Nueva York y pensó que en el provinciano Santiago de entonces tendrían el mismo éxito que en la capital del mundo. Los dos amigos mandaron a imprimir tarjetas con distintos rostros y salieron a ofrecerlas por calles, tranvías y bares, sin grandes resultados. Finalmente, Neruda consiguió venderle doscientos faciógrafos a un empresario de la primera cadena de cines que hubo en Santiago. Pero esto no mejoró su situación.
Recientemente, la Fundación Pablo Neruda ha hecho reproducciones de uno de los pocos faciógrafos originales que se conservan hasta hoy día. Estas copias, que permiten hacer todo el juego de cambios de rostros, próximamente estarán a la venta en las tiendas de las tres casas museo de la Fundación.
|